jueves, 26 de febrero de 2009

Sobre el uso maniqueo del término cambio ¿Ya nadie lo para?

MUCHO HEMOS escuchado en los últimos tiempos y bastante se ha escrito y hablado acerca del supuesto cambio acelerado de nuestras sociedades. Bástenos con echar una mirada a los periódicos, a los documentos oficiales de los gobiernos o atender al discurso diario de los gobernantes, de los representantes de los partidos políticos o de las organizaciones gubernamentales y no gubernamentales, por mencionar sólo algunos, para dar cuenta de ello. Recordemos, por ejemplo, la tan afamada frase del expresidente mexicano, Vicente Fox, cuando anunciaba (¿o amenazaba?) que “el cambio en México ya nadie lo para”.
Por añadidura, su gobierno era conocido como del cambio. Palabras como esa, son utilizadas sin aclaración alguna sobre su significado y sentido; se dan por sentadas, tácitamente comprendidas y asimiladas, incluso, asumidas en nuestra vida cotidiana. Otras palabras o términos que engrosan este inventario son: democracia, izquierda, derecha, justicia, libertad, Estado de derecho, tolerancia, equidad, valores, combate a la corrupción y a la pobreza, calidad, pueblo, cambio de régimen, globalización, derechos humanos; y así podríamos añadir aquí una buena cantidad de estos motes.
Nos alertan que nuestra sociedad cambia vertiginosa, aceleradamente, y que todos los ciudadanos del mundo debemos estar preparados para estos trotes. El que no esté aguzado y dispuesto a aceptar, soportar, tolerar o someterse a este cambio, entonces, debe entenderse, quedará al margen del progreso y de los avances o de los beneficios que éste ofrece, o, en el extremo, es un agente que lo obstaculiza. Pero, ¿cómo y qué debemos entender de este discurso oficial del cambio, cuando se nos dice, se nos machaca, que estamos cambiando y en los hechos vemos y vivimos lo mismo? Tenemos que hay un uso dual, ambivalente de los términos. Se nos advierte una cosa y en la realidad ocurre lo mismo, las mismas prácticas en nuestro quehacer cotidiano: en lo político, lo económico, lo jurídico, lo educativo; y hasta se antoja decir que cada día estamos cayendo en el desánimo y la apatía, precisamente ante esa falta de cumplimiento de promesas del tan mentado cambio. Vivimos, pareciera, en un estado o procesos de regresión social, muy contrarios a lo esperado, a partir de ese modo tácito de entender el cambio. Sólo hay una utilización maniquea de los términos.
El maniqueísmo, derivado de la religión esencialmente dualista, fundada por un persa aristócrata llamado Mani o Manes, nacido en Babilonia (216-275 d.C.) y que llegó a rivalizar con la patrística cristiana, se entiende actualmente en contextos polémicos, y en materias sobre todo humanistas, como la tendencia a dividir, de forma simplista y sin fundamento, opiniones, actitudes y personas en buenas y malas, sin atenerse a la prudencia de tener en cuenta los matices que la realidad exige. De esa forma, el discurso sobre el cambio es utilizado para justificar las deficiencias y los vacíos que deja el mal funcionamiento de las instituciones (reales o imaginarias) de la sociedad.
Con ese pretexto del cambio, el neoliberalismo actual justifica diferentes barbaridades: desde lo sucedido a raíz de las Torres Gemelas en Nueva York hasta la invasión a Irak y la lucha antiterrorista de Bush con su nuevo macartismo planetario (los que no estén con él, son terroristas); ahora nos arremeten con el alza de precios de los productos básicos, que seguramente es un ardid perverso de los grandes productores mundiales para establecer alguna política arancelaria de importación o exportación. También, del mismo modo se utiliza el tan llamado calentamiento global y la supuesta imposición de la conciencia ecológica, cuando los verdaderos responsables, dueños de las grandes industrias sólo se preocupan por sus ganancias.
Millones de dólares se gastan en recursos financieros para el combate a los monstruos del hambre, la corrupción, la delincuencia organizada, el desempleo; mientras que la inversión en los recursos humanos, en su educación, en su instrucción, en su cultivo, con lo que verdaderamente se podría revertir a esos monstruos, es miserablemente ínfima. Hegel escribía que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Marx agregaba: una vez como tragedia y la otra como farsa. Caben las interrogantes: ¿No estaremos ante algo parecido, con esto del cambio? ¿O, como en El gatopardo: “Algo debe cambiar, para que todo siga igual”? Esperemos que no, por el bien de toda la humanidad.
Norberto Zúñiga Mendoza

martes, 3 de febrero de 2009

LO QUE NOS QUEDA

En ésas pláticas sostenidas por un servidor con mi compañero de trabajo en la DGEST, el ínclito profesor Margarito Felipe (en la foto con su bolsa de herramientas metodológicas, junto a un servidor), en donde deliberamos acerca de cómo arreglar este mundo, en más de una ocasión nos hemos referido al problema del acto ético y sus implicaciones actuales.

Lo anterior está relacionado con la condición de crisis permanente en que hemos vivido, por lo menos, los últimos 25 años en la economía internacional y por supuesto, con sus repercusiones a la mexicana: Constantes devaluaciones monetarias, alzas de precios, rescates financieros, caídas del empleo, pérdidas del poder adquisitivo, rescates a proyectos fallidos estatales y particulares, pactos de solidaridad, alianzas y reformas de cualquier índole, entre otros.

Tal condición nos ha sumido socialmente y –psicológicamente– en un persistente escenario de incertidumbre en todos los ámbitos de nuestras vidas. El no tener seguridad plena sobre lo que ocurrirá mañana y como podrá ser enfrentado y cómo subsistirlo provoca un especial interés sobre el obtener el mayor provecho potencial de cualquier situación en el presente; el tener, el poseer ahora la mayor cantidad de bienes materiales posibles sin importar el cómo, el medio o por la vía más fácil, pronta, instantánea, mediante el engaño, el timo, la mentira, se ha vuelto un lugar y caso comunes en nuestras sociedades contemporáneas.

Esto se da no sólo a través de lo que jurídicamente entendemos como enriquecimiento ilícito: el robo, el asalto, el fraude, la estafa, etcétera. También ocurre, desde mi perspectiva, por vías supuestamente legales. Por ejemplo, cuando se acude a algún profesional, sea médico, arquitecto, dentista, abogado, contador (espero no herir susceptibilidades); donde no somos vistos por éstos como pacientes o consultantes, que acudimos a ellos debido a la honorabilidad de su conocimiento —por eso les retribuimos con honorarios, ya que desde la Edad Media, al igual que el sacerdocio, son actividades consideradas honorables. Se profesa honradez, virtud, honestidad, al igual que la fe, sobre Dios y lo humano, y de ahí lo de profesión y lo de profesional— y por ello, debemos resueltamente creer en ellos. Por desgracia esta creencia es constantemente defraudada. Y aquí asumo la responsabilidad que nos toque al gremio de historiadores por seguir promoviendo mentiras disfrazadas de verdades. La puntitis académica es como aquella ave rebelde imposible de domesticar de la ópera Carmen. Es posible que por amor, se sea capaz de cualquier cosa.

Pero, por desgracia, también ocurre lo mismo con el mecánico, el zapatero, el plomero, el del gas, el carpintero, con ciertos servidores públicos, por mencionar algunos, con el debido respeto que merecen y salvo honrosas excepciones, que supongo deben existir. De pronto da la impresión de que nos han vuelto una sociedad de miserables, en donde nadie puede realizar un acto mínimo sin recibir necesariamente algo a cambio: “para el chesco” o “cualquier moneda que no afecte su bolsillo”. Quién de nosotros acude con plena confianza a alguno de ellos, sea profesional, oficiante o burócrata.

Ante esto, lo que nos queda, es que al menos los profesionales de la educación seamos más conscientes del acto ético que implica nuestra actividad: la búsqueda de la verdad y la promoción de los valores universales que mejoren, perfeccionen y estimulen el entendimiento y el espíritu humanos y no intentemos burlar, engañar y defraudar a la sociedad con la honorabilidad que implica el conocimiento.

Norberto Zúñiga Mendoza

sábado, 17 de enero de 2009

“ESOS DE ROJO…”




En las jornadas de actualización de los equipos técnicos llevadas a cabo al final del año pasado a cargo de la DGEST, en la mesa de trabajo de mi equipo, una de las maestras participantes sostenía el número de noviembre de esta Voz de la Unidad. Le pregunté que si ya lo había leído, a lo que respondió que no. Otra de las asistentes a su lado, le recomendó realizar la lectura. Pero, antes de comenzar a revisar el ejemplar, sin más se dirigió a mí con una única frase, pronunciada en voz baja y en tono algo misterioso: “Esto es rojo”. No obstante la vacilación y por la insistencia de su vecina, la leyó someramente y al parecer su reacción no fue totalmente de desagrado. Hasta aquí la anécdota.

Con la frase: “esto es rojo”, no sé que quiso decir exactamente la maestra, y sobre todo por la forma tan reservada en que lo hizo, pero, quiero suponer que se refería a algo así como “revoltoso”, “rijoso”, “inconforme”, “contencioso” “izquierdoso”, incluso “comunistoide” y bueno, todos los “osos”, “ismos” y “oides” que tengan que ver con el sentido en específico de la frase. Pero sólo lo supongo. Y tampoco inquirí acerca de lo que ella misma suponía. Y aquí, asumo todo el error de método de mi parte.

El cómo percibimos la realidad, la interpretamos, la identificamos mediante y a través de los colores y el cómo éstos activan nuestros conocimientos, nuestro vocabulario, nuestra imaginación e incluso nuestros sentimientos, ha ido evolucionando con el tiempo. También a los colores corresponde una historia. El rojo se impuso desde la antigüedad grecorromana ya que remitía a dos elementos omnipresentes en toda su historia: el fuego y la sangre, color al que se confiaban todos los atributos del poder, los de la religión y la guerra. Para los cristianos el rojo fuego es la vida, el Espíritu Santo del Pentecostés, las lenguas de fuego regeneradoras que descienden sobre los Apóstoles; pero es también la muerte, el infierno, las llamas de Satanás que consumen y aniquilan. El rojo sangre es la sangre que Cristo derramó y que purifica y santifica; pero también es la carne mancillada, los crímenes, el pecado y las impurezas de los tabúes bíblicos. El color rojo, como todo el mundo de lo simbólico, posee esas ambivalencias. El rojo está asociado tanto a la transgresión y lo prohibido como al placer y al amor. Después del siglo XIII el rojo estará asociado fuertemente tanto a los poderes del bien como a los del mal, papas y cardenales cambiarán el rojo por el blanco, y en los cuadros, de ese color aparece también representado el maligno, el diablo.

Por supuesto, no podía faltar la niña vestida de rojo, Caperucita Roja, cuya versión más antigua se remonta al año mil y cuya interpretación del cuento es hasta la fecha muy polémica: desde la más práctica como el vestir así a los niños para no perderlos de vista en el bosque, hasta la versión psicoanalítica sobre el encuentro de la niña inexperta con un hombre abusivo en pos de su tierna inocencia (el astuto y malvado lobo). De hecho, hasta entrado el siglo XIX, el color del vestido de las novias era el rojo, como denotación de una mezcla estética entre elegancia e inocencia. En las lenguas eslavas, la palabra rojo, hace alusión a la belleza. La Plaza Roja de Moscú, es roja no por su color, sino por su perfección. Correctamente traducido, es la Plaza Hermosa de Moscú.


Pero el mayor temor al rojo proviene del siglo XVIII. En Francia, no sólo es el color que hace alusión al pecado de la carne, las prostitutas y los faroles rojos con los que se les identifica. También es el color del peligro. Desde octubre de 1789, la Asamblea Constituyente declaró que en caso de tumultos se colocaría una bandera roja en los cruces de las calles para señalar la prohibición de formar grupos y advertir que la fuerza pública podía intervenir. El 17 de julio de 1791, muchos parisinos reunidos en el Campo Marte exigían la destitución de Luis XVI y la proclamación definitiva de la República. Ante la amenaza de motín, el alcalde de París, ordenó izar una gran bandera roja. Los guardias dispararon sin aviso, y mataron a unos 50 manifestantes, los que resultaron “mártires de la revolución”. La bandera teñida con la sangre esos mártires, se convirtió en el emblema del pueblo oprimido y de la revolución en marcha. Posteriormente, la comuna de París de 1848 y los movimientos comunistas retomarán este simbolismo; entonces la Revolución rusa, la china, y los demás simpatizantes de estos movimientos sociales lo harán a lo largo del siglo XX. Supongo, otra vez, que este último sentido atemorizante del color rojo es al que hacía alusión la compañera.

En Voz de la Unidad y este autor nos sentiríamos satisfechos, si lo que aquí se publica sirviera para alentar abiertamente el espíritu analítico, crítico y reflexivo y los valores que promueve nuestro Sistema Educativo Nacional sin temor, misterio y peligro algunos, independientemente de nuestra percepción de los colores. Recomiendo la lectura, para este tema de los colores, del historiador francés Michel Pastoureau, en quien me he basado para la realización de este escrito.


Norberto Zúñiga Mendoza

viernes, 9 de enero de 2009

La globalización: un viejo cuento contemporáneo

La globalización pertenece a esa lista de términos que forman parte de nuestro vocabulario cotidiano y que, como ya mencionábamos en otro lado, tácitamente damos por entendido.
Tal fenómeno, está ligado esencialmente desde los años noventa del siglo XX, a otros tres factores: la llegada de los tecnócratas al poder, el establecimiento del orden neoliberal y la caída del socialismo real, y con esto, el supuesto advenimiento de un único futuro para la humanidad. La cantidad de literatura y de debates que se han producido alrededor de este fenómeno es incalculable, ya sea en su favor o en su contra.
Lo cierto es que, hasta hoy, nadie ha podido demostrar fehacientemente (comenzando por sus propios apologistas), el origen o la fuente de este mito fundacional de la supuesta globalización. Ni los mismos promotores del término están seguros de su uso: “Asombrosamente, tratándose de un término de uso tan extendido como la globalización, al parecer no existe una definición exacta y ampliamente aceptada. De hecho, la variedad de significados que se le atribuye parece ir en aumento, en lugar de disminuir con el paso del tiempo, adquiriendo connotaciones culturales, políticas y de otros tipos además de la económica. Sin embargo, el significado más común o medular de globalización económica, se relaciona con el hecho de que en los últimos años una parte de la actividad económica del mundo que aumenta en forma vertiginosa parece estar teniendo lugar entre personas que viven en países diferentes (en lugar de en el mismo país)”. http://www.bancomundial.org/temas/globalizacion/cuestiones1.htm)
Lo que hoy se trata de enmascarar o presentar bajo esta expresión, por demás pretendidamente novedosa e inédita en nuestras vidas, no es más que aquél proceso iniciado hace ya más de 500 años, con la expansión de la modernidad capitalista, su mercado y con ello, la mundialización de la cultura lo que Marx llamó, el verdadero nacimiento de la historia universal (aunque a algunos no les guste tal autoría intelectual). A partir de este momento, y a través de la ampliación del mercado mundial y de las redes humanas, es que en cada lugar del planeta, se hizo presente a escala planetaria– ya por fuerza o por voluntad, y con todas sus preeminencias, pero también con todas sus injusticias y desigualdades– el moderno sistema-mundo de la economía capitalista. Vemos entonces que, no es para nada, un fenómeno novedoso y mucho menos inédito en nuestras vidas como se nos trata de imponer.
Pero si entonces no negamos esta condición, de globalización, o sea su existencia como un proceso de extensión, de generalización, o hasta de homogeneización de una única y exclusiva manera de entender y construir la cultura mundial contemporánea, entonces, debemos juzgarla más bien por sus efectos, que por sus causas o sus móviles. Ante todo nos queda claro que lo que importa no es el individuo, el sujeto individual, el tal consumidor, aunque ese interés se disfrace bajo su supuesta completa satisfacción en bienes y servicios (“al cliente lo que pida”). En realidad –como ha escrito Adorno–, lo único que incumbe es la ganancia final, sin importar las vías de obtención, que generalmente son por la vía del engaño, del timo: “el que no miente, no vende”, reza un proverbio eslavo.
Y más allá de esa estandarización supuestamente benéfica –a manera de los sellos de calidad y códigos de barras– que trae la globalización, porque también es innegable que ha habido un proceso de acercamiento, conocimiento y comunicación entre los habitantes de este planeta, lo que vemos en los hechos, es la difusión y la propagación, una mundialización de la violencia, de la inseguridad, del terror, de la amenaza del hambre, de la pobreza, de la miseria, de la ignorancia y de la estupidez humanas (disculpen la expresión amables lectores). Lo verdaderamente serio de esto, es que a los ciudadanos del mundo contemporáneo, se pretenda presentárnosla, junto con su sistema de vida, como el único viable, sin dar cabida a ninguna otra opción, que no podamos plantearnos la posibilidad de otro futuro, de otro orden social, que no sea el impuesto por esta ideología de la tal globalización.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

ALGO SOBRE LA NAVIDAD

El 25 de diciembre del año 800 de la era cristiana, fue ungido por el Papa León III en Roma como Emperador de toda la Cristiandad occidental, el rey de los francos, Carlomagno. La elección de la fecha revestía una carga simbólica excepcional y por lo tanto, no fue casual. Para ese momento, era ya la data convenida para la celebración del nacimiento de Cristo. La proclamación cumplía un doble propósito: Por un lado, reforzar la autoridad del Papa ante sus adversarios, propios y extraños (los bizantinos y los musulmanes), y, por otro, el afianzamiento de la unidad geopolítica de la cristiandad a través del reconocimiento del poder de la continuidad imperial romana a través de Carlomagno por parte de la autoridad espiritual: el establecimiento del futuro Sacro Imperio Romano-Germánico. El nacimiento de Cristo y la coronación de Carlomagno dan cuenta, de ese modo, de la instauración de la voluntad del poder celestial en la tierra.
Sobre la fecha del nacimiento de Cristo, hubo controversia hasta entrado el siglo V. Los cristianos de los primeros cuatro siglos, si lo celebraban, lo hacían entre los meses de marzo y mayo, que acorde a la descripción evangélica, son meses de mayor pastoreo en la región. Otros cristianos, según testimonios de la época, ni siquiera lo conmemoraban. En todo caso, la celebración de la Pascua -en la primavera y el momento de la pasión y crucifixión del Mesías- siempre revistió mayor importancia. Fue con el emperador Constantino que al autorizar el culto cristiano y después del Concilio de Nicea en el 325, se fue perfilando el 25 de diciembre como fecha para tal celebración, más asociada ésta al culto solar romano, con fuertes raíces sincréticas entre el dios Mitra persa e hindú y el dios Helios entre los griegos, ambas deidades asociadas al sol y su movimiento estacional. Se atribuye más a Constantino la elección de la fecha en que se celebraba el nacimiento del sol dada su preferencia por tales deidades.

Qué tenemos con todo lo anterior. El tiempo histórico, a diferencia del tiempo físico donde las duraciones son medibles con exactitud, es un devenir que está compuesto de múltiples capas, mantos, estratos que se juntan, se superponen, se sedimentan unos a otros y unos con otros, conformando así un amasijo enorme y complejo –hago uso de este término en su acepción primigenia, complexus, del latín: con pliegues-, muy confuso, revuelto y muchas veces hasta indescifrable, de tal manera que, de lo que nos llega al presente, mucho ha sido extraviado en la noche de los tiempos.

Cada momento presente nuestro, está hecho de, y hay en él, muchos pasados, que en su momento han sido presentes. Y, a su vez, cada presente será un futuro-pasado en el tiempo histórico, respectivamente. La tradición, -del latín traditio-, es entrega, rendición (de ahí su parentesco con traición), transmisión, enseñanza; y está hecha, estructurada de esta complejidad del tiempo histórico. Ritos, rituales, mitos, símbolos, lenguajes, cosmovisiones, costumbres, instituciones (por mencionar algunos elementos), se conforman mediante una constante reinterpretación, reificación y refuncionalización de las culturas por parte de los actores sociales a través del devenir del tiempo.

La conmemoración de la Navidad, como lo hemos planteado al principio, es un ejemplo de cómo la tradición es utilizada por el poder, independientemente de su naturaleza: sea sobre las almas, sea sobre la materialidad de esas almas, sobre lo sagrado o lo profano, lo celestial o lo terrenal.

De cómo la tradición, en este caso de la Navidad, ocurre bajo las condiciones del capitalismo contemporáneo, los parámetros de la cultura de masas, del consumo dirigido; su sentido comercial y sus secuelas, no sólo económicas sino también sociológicas y psicológicas de esta distinción del festejo (la cena, los regalos, etcétera, y la felicidad o la infelicidad de sobrevivirla), es otra historia.

Que tengan unas felices y placenteras vacaciones, hasta donde se los permita el espíritu navideño.
Norberto Zúñiga Mendoza

miércoles, 19 de noviembre de 2008

LOS ALACRANES ROJOS DE DURANGO

Como Marc Bloch bien ha señalado, en historia, cuando no podemos afirmar o queda algún vacío, lo que se impone es sugerir, aportar elementos que enriquezcan el debate y la discusión (que no inventar o hasta mentir): “Ahí donde resulta imposible calcular, se impone sugerir”, escribía el gran historiador francés.
El trabajo del historiador se basa, ante todo en buscar pistas, indicios, encontrar nuevos caminos, diferentes formas de acercarse al objeto de estudio, a un fenómeno social o a un proceso determinado en la vida de un grupo social o de una biografía en específico, que si bien hay que intentar lo más posible contar las cosas como éstas ocurrieron, el historiador debe proponer alternativas o explicaciones a esos hechos, que nos permitan entender y comprender mejor nuestra historia, nuestro devenir en el tiempo mexicano y universal, y que nos puedan arrojar más luces, nuevas luces, para ubicarnos mejor en nuestro presente।

Antonio Avitia en Los Alacranes Comunistas. La Revolución Soviética durangueña de José Guadalupe Rodríguez Favela (México, Ed. 7 estrellas, 2008), nos ofrece narración y no únicamente crónica, datos duros, fechas o lugares aislados e inconexos; y nos remite a una historia, a una serie de acontecimientos que ocurrieron en el estado de Durango de los años 20 del siglo pasado. Nos cuenta sucesos que la Historia, la gran historia, la del Estado-nación, pasa por alto. Por demás, a lo largo de la obra, se encarga de aclarar términos y conceptos del ámbito político, económico y sociológico, lo cual le otorga un añadido de tipo pedagógico.
Esta gran historia, de la que formamos parte todos y cuya corriente, de manera inconsciente e involuntaria nos lleva a todos en su cauce, está a la vez hecha, confeccionada por otras historias menores o más pequeñas, lo que no significa que éstas sean menos importantes o irrelevantes y carentes de completo interés o sentido। Y precisamente eso pequeño, eso que en apariencia es irrelevante, le da cuerpo y consistencia a esa otra gran historia, la que de manera avasallante, deja de lado y la mayoría de las veces, confina a eso menudo, lo que casi no vemos, al olvido.

Y para que esos sucesos, como los que nos propone Avitia, no se extravíen de la memoria colectiva y sus actores puedan ser conocidos, reconocidos y recordados, es que ha sido escrito este libro; nos presenta el desenvolvimiento y las vicisitudes de un hecho histórico de nuestra historia mexicana, casi desconocido: el intento de una revolución socialista, de inspiración soviética en el estado de Durango, pensada y comandada por el maestro rural José Guadalupe Rodríguez Favela.
Con una amplia cantidad de materiales y testimonios, Avitia nos presenta la vida del “profe Lupe” al frente de la lucha agraria por el reparto justo de la tierra en Durango, la Escobariada y su intervención como líder del grupo armado campesino en apoyo a Calles, desde febrero de 1919 hasta su muerte en 1929 ordenada por el Estado, como un convencido comunista internacional। Desenreda la complicada madeja generada por el ambiente político que implica el momento: la efervescencia del movimiento iniciado por Madero en México, la esperanza que podía representar para los campesinos –ante el incumplimiento de la autoridad mexicana- de la promesa de la Revolución soviética de 1917, la influencia de la KOMINTERN en el ámbito intelectual de la época, la rebatinga por el poder entre los miembros del grupo de Sonora, así como también el movimiento de los cristeros en la región।
Avitia, conjuntando erudición y narración –como ya hemos señalado-, nos ofrece un libro, no sólo interesante, sino que además es un excelente ejercicio de historia regional, que de manera muy clara y precisa, cubre magistralmente ese vacío que deja al olvido, la gran historia nacional।
Norberto Zúñiga Mendoza

viernes, 14 de noviembre de 2008

CARLO GINZBURG EN MÉXICO

El miércoles 12 de noviembre de 2008, participó el historiador italiano Carlo Ginzburg con una conferencia magistral titulada "¿Qué aprendí de los antropologos?" en el marco del Coloquio Internacional "Archipiélagos de la Antropología" organizado por el Departamento de Antropología de la UAM-Iztapalapa, en el festejo de su XV aniversario del Posgrado en Ciencias Antropológicas.
Qué podemos decir acerca de un personaje que por su sola presencia y su trayectoria académica y creativa, se presenta solo. Cualquier cosa que pudieramos decir, estaría corta y sería insuficiente. Carlo Ginzburg es ya un clásico de la ciencia.
En nuestra muy humilde opinión, la conferencia de Ginzburg fue toda una lección acerca de las posibilidades de trabajar de forma (como hoy le llaman) multi, poli, inter y transdisciplinaria. Carlo Ginzburg nos demostró que no hay necesidad de andar buscándole nombres y apellidos a las formas de trabajo en la ciencia। Sólo hay que atreverse a hacerlo. Más bien, ponerse a hacerlo.
No voy aquí a reseñar el contenido de la conferencia. Hacía falta haber estado ahí. Presenciar y escuchar directamente la participación. Deleitarse ahí. Disfrutar. Quizá parezcan exageradas mis apreciaciones, pero cómo se puede hacer algo, o lo que más te gusta, practicarlo, sino es con una gran dosis de gusto y placer.

Solamente diré que tanto a historiadores como antropólogos -y a todos los presentes, sin excepción, pues a cualquiera venía lo expuesto como anillo al dedo, independientemente de su actividad-, nos ofreción una excelente cátedra de ciencia social.

Los organizadores tuvieron el tino de traducir y proyectar el texto de la conferencia, lo cual conribuyó en mucho para entender mejor a aquellos que no hablamos y entendemos el italiano. En términos de organización muy plausible el evento.

El lunes 17 de los corrientes a las 19.00 horas está programada la ceremonia de entrega del Doctor Honoris Causa a Carlo Ginzburg por esta misma casa de estudios.
Norik